
Estaba aburrida de la vida que llevaba, ya ni con su deseado ordenador se entretenía. Las horas que pasaba en el balcón de su casa, servían para dejar volar la imaginación, inventando historias sobre aquellas personas a las que veía a diario.
Desde su balcón observaba, que no sólo ella tenía una vida monótona, la mayoría de la gente, todos los días hacia lo mismo. A la misma hora subía la señora del moño con las bolsas de la compra; la madre con los mellizos tirando con una mano del cochecito, y con la otra sujetando a otro pequeño que casi todos los días iba llorando ó gritando sin parar; las dos viejecitas que salían de la cafetería y se paraban antes de cruzan lloviera o no y estaban un buen rato hablando frente al paso de peatones; el agente inmobiliario que acudía siempre con diferentes personas a enseñar el local que se alquilaba frente a su casa, las visitas al mismo eran diarias y a la vista estaba que, bien no era del agrado del posible inquilino, o bien, las condiciones eran exageradas, por lo tanto llevaba cerrado mas de un año; admiraba al chaval alto, moreno y cachas que con su bolsa de deporte a cuestas entraba al gimnasio, y digo admiraba, porque para ella esos eran los dos mejores momentos del día, su entrada y su salida, algunas veces se agarraba a la barandilla e intentaba levantarse, cosa que no conseguía, sólo para poder mirarle durante mas tiempo mientras se alejaba; igualmente cada tarde, observaba desde el mismo lugar, como aquella mujer esperaba en compañía de su perro a un hombre, no había mucho que imaginar, seguramente seria su marido y ella salía a su encuentro. Aquel perro la encantaba, con curiosidad se preguntaba... ¿seria perro o perra?
Así era como la gente vivía fuera de su balcón. La diferencia era que si algún día todas aquellas personas cambiaban de planes, no tenían impedimento físico para hacerlo. Sin embargo, ella, cuando tenía que hacer algo distinto, poseía todo un sequito para ayudarla, y no es que ese fuera su deseo, sino que, simplemente, todos los que la rodeaban consideraban que era necesario. Lucia en multitud de ocasiones le había pedido a su madre que no fuera así, sentía la necesidad de estar sola, no quería que nadie estuviera observando lo que hacia, se sentía inútil y espiada; pero que tontería, ella los necesitaba y ellos lo sabían.
Aquel balcón para Lucia era todo su mundo, en ocasiones sentía conocer a todas aquellas personas que diariamente veía. Pero lo cierto era que no las conocía de nada, es más, todas esas personas desconocían la existencia de Lucia y eso era algo que debía de cambiar, pero ese cambio, sólo estaba en sus manos, nadie más que ella tenía la capacidad suficiente como para darle vuelta a su vida.
Un domingo, mientras tomaba el café con su familia, les propuso un negocio. Alquilar el local de enfrente. Todos se quedaron perplejos, ¿Cómo iban a consentir que la niña en su sillita de ruedas tuviera que trabajar? En un momento aquella cocina que albergaba desayunos sosegados, donde la conversación se limitaba a frases cortas y susurrantes, se convirtió en un gallinero donde todos opinaban a gritos. De repente Lucia, dando un golpe sobre la mesa, levantó la voz todo lo que pudo colocándola por encima de la de los demás y les dijo:
- Voy hacerlo, con vuestra ayuda o sin ella, con vuestro apoyo o sin el; no me voy a quedar sentada en esta silla mirando por el balcón toda mi vida. Voy a aprovechar mi tiempo. Voy a conocer y hacer que me conozcan; voy a respirar el aire contaminado que inspira todo el mundo, voy a salir de esta jaula que vosotros con todo el cariño habéis acomodado a mis necesidades; voy a luchar como lucha todo la gente, a ganar y a perder, a recibir alegrías y disgustos profesionales; voy a ser una persona, sólo una persona más de este mundo, y os repito, con o sin vuestra ayuda lo voy hacer.
Un mutismo sepulcral invadió la estancia, todos los ojos se posaron sobre Lucia, ella, desafió con su mirada a todos; levantó aún mas su cabeza; echó su silla hacia atrás para darse la vuelta y salió de la cocina percibiendo como todos aquellos ojos la seguían.
Durante un buen rato, el silencio se convirtió en dueño de la casa. Su padre terminó el café, se levantó lentamente y se dirigió hacia el balcón; arrastró una silla y la situó delante de Lucia, se sentó y dispuso su mirada hacia el mismo punto donde ella la tenía. Después de unos segundos, cogió la mano de la chica y la dijo:
- Es duro para nosotros y tiene que ser muy duro para ti, verte un día tras otro aquí, sin hacer nada. Nosotros solo pretendíamos que te sintieras protegida, pero, lo hemos hecho mal, ese no es tu carácter, tu no puedes estar aquí todo la vida, tienes razón, lo sabemos, y además, me encanta que hayas tomado esta decisión, siento que he recuperado a la Lucia de antes, aquella chica comprometida, trabajadora y tenaz, que con la perdida del movimiento de sus piernas también perdió la alegría y las ganas de luchar. Tienes todo nuestro apoyo, tendrás toda la ayuda que necesites, recorreremos este nuevo camino de tu mano, seguiremos el paso que tú nos marques, porque estoy convencido que por fin, has reaccionado, has asumido tu minusvalía y vas a conseguir lo que te propones. Dime que negocio quieres y juntos lo desarrollaremos, aunque este es tu proyecto, y solo tú serás la responsable de todas las decisiones que haya que tomar al respecto.
Lucia miró a su padre con los ojos llenos de lágrimas, la emoción la impedía hablar, respiro hondo, profundamente, apretó con fuerza la mano de su padre y tiro hacia ella su cuerpo, al tenerle cerca lo abrazó con ganas, lo besó en la mejilla y le susurro al oído:
- Gracias papá, por fin hablamos de lo mismo.